26/05/2019
El amor de siempre, el de antaño, el de los viejos tiempos. El que no venía con garantía de divorcio ni distancias que hacían olvido.
El amor que se cosía, que se reparaba. El que se cuidaba, porque no había otro. El que se peinaba cada noche antes de ir a dormir.
El amor de visitas a ventanas y rejas con nocturnidad pero sin alevosía. El de la incertidumbre confiada en un para siempre. En el que no cabían más dudas que si existirían tumbas para dos.
El amor de los sueños compartidos. De la humildad, del ser felices sin cruceros ni áticos. El de la emigración a cualquier parte del mundo pero contigo.
El amor sin maquillaje. Sin dinero, sin lujos. El de las lentejas de domingo con manta y hornillo. El de mirar a unos ojos y sonrojarse.
El amor sin condiciones. En los buenos y, sobre todo, en los malos momentos. El de llegar a fin de mes haciendo malabares y sentir que es el baile más bonito, aunque no hubiese traje ni vestido.
El amor en camisón un sábado por la mañana. El de los partidos por la radio, el de las noches en vela junto a una cuna. Sentir que aquello sí que es el cofre con el tesoro más maravilloso del mundo.
El amor hasta el final. En los días grises, en medio de todo el dolor que llega antes del final anunciado y doloroso. El escalofrío de perder una mitad antes de terminar la partida.
El amor hasta la médula. Hasta el último suspiro, sosteniendo una mano que late pero ya se apaga. El mirar a unos ojos que se cierran y sentir que el mundo ya nunca volverá a ser el mismo que contigo.
El amor infinito. Hasta que la muerte nos separe. Y que se cumpla.
El amor de verdad.
Alejandro Sotodosos