07/10/2026
🧛♀️“La Condesa de Miravalle, el alma que aún recorre las haciendas de Jungapeo”
Octubre mes de leyendas de La condesa
Cuentan los más antiguos pobladores de Jungapeo, en especial los habitantes de San Miguel Pucuaro, que, cuando la luna llena ilumina los cerros y el viento silba entre los arcos de Púcuaro, una silueta femenina se deja ver entre las ruinas de la vieja hacienda de Púcuaro. Dicen que es la Condesa de Miravalle, María Magdalena Catarina Dávalos de Bracamontes y Orozco, la antigua dueña de aquellas tierras.
En vida, la condesa fue una mujer poderosa y misteriosa. Se decía que controlaba sus haciendas con mano firme y que nadie se atrevía a desobedecerle. Era tan devota de su trabajo que, incluso después de su muerte, juró no abandonar sus dominios hasta verlos florecer eternamente. Sin embargo, el destino fue cruel: las haciendas cayeron en el abandono y el eco de los trapiches que molían caña para el piloncillo se apagó para siempre.
Desde entonces, muchos aseguran haberla visto. Unas noches se aparece montada en un caballo blanco, con su vestido largo ondeando como neblina, recorriendo los viejos caminos de piedra. En otras ocasiones, solo se escucha su voz —un susurro que dice: “La caña no debe morir… el fuego no se apaga”— proveniente de los antiguos acueductos.
Los campesinos que trabajan cerca de esas tierras cuentan que si uno escucha ese murmullo y no se santigua, la condesa se manifiesta, mostrando su rostro pálido y sus ojos vacíos, como si buscara a los peones que alguna vez le juraron lealtad eterna.
Dicen que una noche de octubre de 1920, un grupo de jóvenes intentó pasar por los Arcos de de Pucuaro con antorchas. Cuando cruzaron, el viento se detuvo y una figura vestida de blanco apareció entre el polvo. Sus joyas brillaban como si fueran fuego y su voz se escuchó nítida:
—“Estas tierras aún me pertenecen…”
Los jóvenes corrieron, pero al mirar atrás, no vieron a nadie… solo un resplandor rosa sobre el agua del acueducto y el olor dulce del piloncillo recién hecho.
Desde entonces, nadie osa quedarse solo en las haciendas después del anochecer. Porque cuando el silencio se vuelve pesado y el aire huele a caña quemada, se dice que la Condesa de Miravalle ha vuelto… a vigilar lo que fue suyo.