22/11/2025
En la antigüedad, comer en casa no era lo habitual. Para muchos romanos, las comidas se tomaban fuera: en tabernas, en los puestos callejeros o en los termopolios que, con sus mostradores de piedra y recipientes hundidos, se parecían sorprendentemente a los locales de comida rápida de hoy. Y sí, incluso inventaron algo parecido a una hamburguesa. La llamaban sicia omentata: carne picada mezclada con especias, frita y servida entre panes o tortas. Nada nuevo bajo el sol.
Pero cuando la comida se preparaba en casa, las cocinas de Pompeya revelan un mundo más austero de lo que solemos imaginar. Allí, el corazón del lugar era un hogar de piedra, una superficie elevada cubierta con losas donde ardía el carbón o la leña. Las ollas se sostenían sobre pequeños trípodes de hierro, y el calor subía directamente desde las brasas. El humo impregnaba las paredes, oscureciéndolas con el paso de los años.
Algunas casas tenían algo aún más llamativo: pequeños hornos abovedados, casi idénticos a los hornos modernos para pizza. Una abertura frontal para introducir la comida, una cámara interior de arcilla y una chimenea rústica que permitía escapar al humo. Allí se horneaba pan, se asaban carnes, se preparaban guisos que perfumaban toda la casa.
El espacio solía incluir un lavabo de piedra, útil para lavar platos y preparar alimentos. A su alrededor, había mesas de trabajo y huecos en el muro para guardar utensilios. Los romanos hablaban de cacabus para referirse a las ollas, de fretale o sartago para las sartenes de hierro o de bronce. Un pultarius era la cacerola donde se hacían papillas y guisos, mientras que una testa —o clibanus— era un pequeño horno portátil, ideal para pan o asados simples.
Los utensilios, de hierro en su mayoría, no eran muy distintos de los tuyos: cucharones, coladores, cuchillos afilados, cucharas robustas. Y la comida terminada se servía en un gran plato redondo, el discus, donde todos compartían.
En Pompeya, la cocina era más que un espacio doméstico. Era un testigo silencioso del día a día, de los aromas que llenaban las casas, de las pequeñas rutinas que sobrevivieron siglos bajo la ceniza. Hoy, al mirar esos hogares de piedra todavía intactos, es fácil imaginar el chisporroteo de la carne, el v***r de un guiso caliente y el bullicio de una ciudad donde incluso la vida cotidiana tenía un sabor profundamente humano.