04/04/2018
La luna late en mi corazón, declarándome como un hombre clandestino.
En una noche, oscura como un crimen; Ideas de siempre se volvieron cenizas. Al parecer: Había abandonado el fuego que crepitaba desde mi infancia. Era un traidor, que iba dejando los jirones de mis sueños a mi paso, con un beso húmedo quemándome los labios.
Algunas veces, la vida es una lluvia vaporosa que acompaña el puño del mar cuando se estrella contra las rocas, una cortina de agua libre y salvaje ,que desbocada, se cree impune a la derrota contra cualquier aridez. Pero siempre es un viaje a lo desconocido. Un abismo profundo que se extiende por el camino de los sueños y que busca un refugio seguro ante las tormentas.
Muchas veces, la verdad se oculta ante un resplandor extraño, tras la costumbre fugitiva de las vivencias únicas. Es difícil comprender que la belleza del vivir cotidiano, tan desinteresada de sí misma, nacida sin clamor ni pretensiones es una esencia mágica.
Sin más escudo que mi piel, respiro sin precipicios ni preguntas, con la gratitud de un animal, que incansable, dibuja serenas cicatrices sobre sus heridas.
En esta batalla muda en el que todos somos rufianes, vagabundos, desposeídos y presos no existen vencedores ni vencidos. Necesitamos descomunales dosis de grandeza de espíritu y coraje en las lides calladas de la pasión humana. La recompensa es sustanciosa. Ser súbdito de la naturaleza, no temer a la muerte ni al olvido, no aceptar de la vida una limosna.
La luz es un oficio fugitivo. Soy mi propio riesgo. Ante el placer de respirar me arrodillo.