19/06/2026
Todo empezó en el País Vasco, en un festival donde el sistema de sonido era prácticamente invisible. Un rincón olvidado. Apenas 20 personas pasando durante todo el día. Casi nadie miraba hacia allí… y aún así, decidimos hacerlo nuestro.
No había reconocimiento, ni atención real, y económicamente fue casi simbólico: alrededor de 150 € por todo el trabajo, la energía y la apuesta.
Pero incluso en ese contexto, lo dimos todo. Porque creíamos —y seguimos creyendo— en lo que puede generar un buen sistema de sonido dentro de un festival.
Al año siguiente, otro equipo local intentó ocupar nuestro espacio. Y ahí se rompió algo. No por ego, sino porque cuando pones el corazón, el tiempo y la identidad en un proyecto, duele ver cómo se intenta desplazar sin respeto. Nos enfadamos, sí. Y lo defendimos.
Tras mucha negociación, conseguimos volver y permanecer durante algunos años más. Con el tiempo, aquel “corner” que nadie miraba se convirtió en una de las principales fuentes de ingresos del propio festival. El sonido dejó de ser un complemento para convertirse en valor real.
Aun así, años después, se decidió bajar condiciones y finalmente prescindir de nosotros. Y así terminó nuestra historia allí.
Hoy lo contamos con una mezcla de orgullo y tristeza. Orgullo por lo que construimos desde cero. Tristeza por cómo a veces funciona la industria detrás de la música.
Y, al mismo tiempo, alegría de ver que ese espacio sigue creciendo y funcionando. Siempre queremos lo mejor para la cultura y la música.
Pero también lo decimos claro: no apoyamos este tipo de dinámicas ni estas malas prácticas en el mundo de los festivales. Creemos que es importante hablarlo, porque lo que ocurre detrás de escena importa tanto como lo que se ve en el escenario.