06/07/2022
“NO PUEDO DEJAR DE PORTARME MAL”.
EuGenya.
Las vacaciones habían quedado atrás, yo estaba inmersa de nuevo en mi rutina laboral. Mi esposo también estaba de vuelta en lo suyo y de momento se encontraba en un viaje de negocios, algo muy frecuente en él. Los días de descanso habían sido memorables y especialmente placenteros para mi persona. Desgraciadamente los tuvimos que interrumpir de manera abrupta, un gran inconveniente, pero como reza el dicho: “La bailado nadie me lo quitaba”. De modo que con frecuencia me sorprendía a mi misma suspirando a causa de aquellos recuerdos candentes.
Poco antes de salir del trabajo yo había recibido un mensaje misterioso. Un pequeño ramo de gardenias acompañaba la nota. En ella, se me pedía acudir a una cita en un lugar cercano al trabajo, el sitio era agradable y solía ir con frecuencia allí. Yo sabía que mi marido volvería esa misma noche, de modo que no me haría daño acudir a una inocente cita quizás con un admirador que finalmente decidía dar la cara. Por supuesto que yo iba más por curiosidad que por otra cosa. No quería verme envuelta en más problemas de los que había experimentado a últimas fechas.
Acudí al lugar un tanto desconfiada. Había una mesa reservada a mi nombre, pero estaba sola, el admirador misterioso todavía no llegaba. Esperé algunos minutos, pero el susodicho no hizo acto de presencia, así que decidí marcharme. Si esa falta de formalidad me molesta normalmente, me molesta mucho más tratándose de asuntos como el que me había llevado al lugar.
Me invadió una mezcla de alivio y decepción cuando tuve la certeza de que me habían dejado plantada. Tal vez eso había sido lo mejor. Justo me estaba poniendo de pie para marcharme, cuando una sombra me oscureció el panorama.
—Perdón por el retraso, me fue imposible llegar antes.
Esa voz... ¡No lo podía creer, casi se me caían los calzones de la emoción! Ahí estaba frente a mí, el mismísimo señor con el que había tenido aquellos candentes roces en la playa. Al reconocerlo, no supe cómo reaccionar. Una parte de mí quería salir corriendo y otra quería que me lanzara sobre él y comenzara a devorármelo a besos.
Estaba nerviosa como adolescente en su primera cita, no podía creer que estuviera frente a mí, ese hombre entrado en años, que me hacía perder la cabeza con facilidad. Él hombre que había conseguido de mí lo que nunca antes otro de nuestros inspiradores sexuales hubiera logrado.
Antes de él, no había ido más allá de un rico besuqueo con su respectivo manoseo... Pero con él, había llegado demasiado lejos, no habíamos tenido un coito, pero nos habíamos masturbado mutuamente, en varias modalidades e incluso, yo le había hecho una rusa memorable... Sabía que de tenerlo a mi disposición por más tiempo acabaríamos por consumar el acto. Yo lo deseaba y sabía muy bien que él también, aunque hasta el momento se había contenido, sin pretender saltar las trancas. Pero estaba segura de que en cuanto abriera la cerca, él la cruzaría y entonces ya no habría vuelta atrás.
—¿Sabía que mi marido está de viaje?
—Algo supe, por eso me tiene aquí, para aprovechar su ausencia.
—Pudo haber venido unos días antes y hubiéramos tenido más tiempo para estar juntos. Pero viene a verme justamente el día que mi marido regresa.
—Mientras no lo vea aquí a su lado, pienso aprovecharme de usted todo lo que me permita...
Vaya, caballeroso a final de cuentas, atrevido, pero sin perder ese toque sutil. Yo sonreí nerviosa, por supuesto que quería permitirle muchas cosas, pero de pronto me asaltaba la duda... ¿Me atrevería? Durante la ausencia de mi esposo habían sucedido demasiadas cosas, había ido demasiado lejos, no por mi voluntad, pero ahora... ¿Sería capaz de hacerlo por mi propia iniciativa?
El señor me había dejado a solas con mis pensamientos, había ido al sanitario a atender el llamado de la naturaleza. Yo miraba para todos lados intentando identificar algún rostro familiar. Al no notar ninguno, finalmente me decidí y me puse de pie. Mis pasos me llevaron hasta el baño de damas, no me explicaba el motivo de mi presencia ahí, no tenías ganas de eso, las ganas que tenía eran muchas, pero de otra cosa, por eso mismo decidí cruzar la puerta equivocada.
El señor se sorprendió al verme entrar al baño de hombres, a su vez, no le sorprendió tanto que asegurara la puerta, no sin antes haber revisado que los cubíc**os estuvieran desocupados.
—Señora, ¿qué hace usted aquí? —me preguntó un tanto turbado, mientras contenía la acción de abrir su bragueta—, este es el baño de hombres.
—Lo sé, pero estaba muy preocupada por usted... Y quería venir para cerciorarme de que “todo saliera bien”.
—Yo no creo necesitar...
—Eso es lo que usted dice, pero yo veo que tiene dificultades para abrir el cierre de su pantalón.
Me acerqué, contoneándome exageradamente al avanzar los dos pasos que nos separaban. Solícita, aparté sus manos y me ocupé del asunto. Él no apartaba su mirada, incrédulo, pero bastante excitado, así me lo reveló su miembro cuando logré sacarlo de su encierro.
—Cada vez que lo veo, me gusta más... —Musité, casi como si estuviera a solas con aquel hermoso pene.
—¡Ahhh!...
Su gemido me hizo recordar que el apéndice que yo acariciaba en esos momentos, era parte del cuerpo de alguien más, esa reflexión me arrancó una risa interna. Él me miraba con una extraña mezcla de urgencia y deseo, su semblante compungido me hizo recordar la necesidad primaria que lo había traído a este lugar.
Sin soltar su miembro, lo acompañé a que se pusiera en postura de guerra frente al mingitorio. Con la cabeza me hizo señas, indicándome que descubriera el glande para tener una mejor puntería. Recorrí el prepucio, dejando a la vista su lustrosa cabeza de un rosado cercano al rojo.
Comenzó la acción, sentía en mi mano la presión de su o***a pasando por sus conductos, antes de hacer acto de presencia en el exterior. Nunca había asistido a ningún hombre en ese acto tan excitante. Me calenté mucho apuntando su miembro hacia el mingitorio, pero más cachonda me sentí cuando terminó y me pidió que se la sacudiera.
Como era de esperarse, no se la sacudí ni una, ni dos veces, fueron muchas más.
—Ya, por favor... No quiero venirme tan pronto... Ni hacerlo aquí...Su petición me desencantó un poco, pero suspender aquello era un acto de sensatez. Tuve que tragarme mis ganas de exprimirlo y me aparté. Él, sin guardar su aparato, se fue directo al lavabo y comenzó a asearse las manos. También se dedicó a darle algo de aseo a su amiguito.
—Dios, me dejó todo baboso, mire nada más... Dos o tres jalones más y me hace salpicarlo todo.
Él pretendía guardar su miembro, pero tenía las manos mojadas. Me hizo una petición singular, aunque no sorprendente.
—¿Sería tan amable de ayudarme a devolverlo a su lugar?
Yo no iba a desperdiciar la oportunidad de volver a tocar ese lindo falo. Me le acerqué por la espalda, hasta recargar mis turgentes pezones en su espalda, él respingó como si lo hubiera encañonado con una pi***la. Pasé mis manos a ambos costados de su cuerpo para sujetarle el pito e intentar guardarlo en su sitio. Pero no pude hacerlo, me quedé clavada, acariciando la suave piel, que contrastaba con la firmeza de su estructura interna. Cuando menos acordé estaba de nueva cuenta masturbándolo.
—Por lo visto no puede renunciar a esa costumbre suya de masturbarme cada que tiene oportunidad.
—Puedo detenerme, si quiere...
—Sería horrible que se detuviera en estos momentos, señora... Siga, por favor, siga...
Su súplica fue acompañada de una mirada intensa, clavándose en mi rostro reflejado en el espejo. Mi barbilla se recargaba en uno de sus hombros, al ver cómo giraba su cuello, yo hice lo propio, y nuestros labios se unieron en un beso lujurioso. Intensifiqué el ritmo con que lo masturbaba, acompasándolo con el de nuestras lenguas que se buscaban, enredándose como constrictores a sus presas.
Sin que nuestras bocas se separaran, sus gemidos, que resoplaban agudos en mi boca, me avisaban que estaba a punto. De nueva cuenta, sentí ese miembro enloquecedor, estremeciéndose entre mis manos. Y eyaculó furiosamente sobre el lavabo, salpicando el espejo y dejando cada vez más residuos de su semilla sobre el mármol. Y yo continué sintiendo los coletazos de su serpiente, cada vez más espaciados y tenues. Hasta que todo fue tranquilidad y él respiraba de manera más sosegada. ¡Dios, cómo me encantaba sentir a este hombre experimentando sus or****os! Me sentía orgullosa y poderosa al saber que era yo la que le producía todo ese cúmulo de sensaciones, que lo hacían morir y renacer entre mis manos.
Finalmente, nuestras bocas se separaron. Nos miramos de manera cómplice, aunque en la profundidad de sus ojos yo adivinaba la gratitud por encima de todo. Él tomó mis manos y las elevó para besarlas. Al hacerlo, pudo notar en el dorso de ellas algunos rastros de su es***ma. Al descubrirlo, comenzó a lamer dichos residuos, acumulándolos en su boca. Luego me miró con ardor y compartió conmigo esas escasas gotas contenidas en la punta de su lengua. El beso me pareció por demás morboso, y pareció excitarlo más de la cuenta, porque le incendió la imaginación. Ante mi sorpresa, su lengua buscó los residuos de semen que habían quedado en el espejo, luego hizo lo mismo con los que estaban esparcidos sobre la superficie del mármol del lavabo.
Cuando dio por terminada la colecta, me tomó de los hombros y me atrajo con furia para que ambos compartiéramos en nuestras bocas aquel bocado, ahora más abundante, y más morboso, aunque poco higiénico. Ese beso blanco con semen reciclado disparó mi calentura hasta el cielo y me provocó un orgasmo inesperado, que no supe si era real o si era mero fruto de mi imaginación. Me tuve que abrazar a él para no caer.
Justo en esos momentos escuchábamos el ruido de una herramienta que pretendía entrar en acción para abrir la puerta. Hasta entonces no habíamos prestado atención a las señales provenientes del otro lado, los intentos por abrir y nuestra nula respuesta que los había hecho creer que la puerta se había cerrado por accidente. El señor se anticipó a la acción, quitó el seguro de la puerta y algo dijo de una emergencia médica para mí.
Yo tuve que seguir el juego y en poco tiempo tenía a unos apuestos socorristas prestándome primeros auxilios. No fue necesario hospitalizarme, pues se trataba de una pequeña descompensación de la presión. Él señor y yo nos mirábamos de manera cómplice, pues solamente nosotros sabíamos qué era lo que había provocado esa supuesta descompensación.
Ya sintiéndome un poco mejor (sic), esperaba en la mesa a que mi pareja se desocupara. Se había quedado en los sanitarios, ahora sí usándolos para lo que habían sido hechos.
—Tenemos que dejar de explotar a ese pobre viejito... Cualquier día vas a acabar provocándole un infarto. —Me decía mi esposo, sentándose frente a mí. Me pareció tan atractivo verlo ya sin el disfraz de anciano, después de tantos días separados.
—Son los riesgos que conllevan las enormes diferencias de edad. Pero vale la pena el riesgo, ese morbo me pone tan caliente.
—Lo sé, ya empiezo a creer que lo prefieres a él en lugar de a tu propio marido...
—Tranquilo, amor; sólo se trata de una mascarada, en el fondo, tanto tú como yo sabemos la verdad...
Sonreíamos, volteando a nuestro alrededor, preguntándonos si alguna de las otras parejas que nos rodeaban tendrían un juego parecido al que tanto nos gustaba practicar. Un juego que durante las últimas vacaciones había sido la causa de que prácticamente nos echaran a patadas de aquel hermoso hotelito pueblerino, donde en el pasillo habíamos montado aquel numerito de “celos” que nos había hecho perder los estribos y de paso ofrecer a algunos huéspedes un espectác**o tan indecente como excitante. Nos había dejado mal parados, pero lo habíamos disfrutado a rabiar.
—El balón ha estado mucho tiempo en tu cancha, ¿no crees que ya es tiempo de yo tome la pelota?
—Pues si ya tienes al fruto de tus deseos en la mira, no se hable más, pasemos a la acción. Es lo justo.
Y unimos nuestros labios en un beso, durante el cual esbozamos una sonrisa cómplice, a la espera de nuestra próxima aventura...