27/01/2026
Los carnavales de nuestra infancia y de nuestra adolescencia no necesitaban escenario ni organización. Bastaba una calle, el sol de la siesta y las ganas de reír. Eran días en los que el barrio entero se transformaba en un campo de juego: vecinos, amigos, primos, chicos y grandes, todos iguales bajo el agua y la risa. No había pantallas, ni apuros, ni horarios. Solo baldes, palanganas, globos improvisados y alguna manguera cómplice desde la vereda.
Se jugaba sin medir, sin cuidar la ropa, sin pensar en nada más que correr, esquivar, mojar y volver a empezar. Las carcajadas se escuchaban desde lejos y el piso mojado quedaba como testigo de una felicidad simple, genuina. A veces aparecía alguien con un balde desde atrás, otras un ataque sorpresa desde una puerta abierta. Nadie se enojaba: el carnaval era eso, una excusa para encontrarnos.
Los adultos miraban, se sumaban, o fingían protestar mientras ya tenían el balde listo. Las casas abiertas, los autos estacionados con el baúl lleno de agua, las veredas llenas de vida. El barrio unido por una tradición que no necesitaba explicarse.
Hoy, cuando recordamos esos carnavales, no extrañamos solo el juego. Extrañamos esa forma de vivir, de compartir, de sentirnos parte. Eran tiempos lindos, tiempos simples, tiempos donde la felicidad venía en forma de agua fresca y risas desbordadas en una calle cualquiera del barrio.