24/01/2017
La calma. Los dedos metidos en la arena y los primeros mates. Cierta forma inclinada del silencio sosteniendo la silueta de los cargueros en rada. Bajo la superficie correntadas, peces, formas distintas donde no llega la luz. Del movimiento nada o apenas el vértigo que excede los límites del salto.
¿Para qué sirve saltar? Digamos en principio que viajar, digamos por la tres, digamos las ventanillas abiertas de un domingo y un disco de Miles Davis. Digamos que el diálogo requiere de voces y en definitiva todo se trata de eso: de introducir en el eje del discurso una veta donde pueda deslizarse un ritmo, un tono, una forma que resignifique lo antedicho y lo condense para luego expandirlo, porque la comodidad no está entre las posibilidades y además nos encanta saltar ¿Y si hacemos un encuentro de poesía?
Desandar toda esa geografía de poemas y hacer un nuevo mapa parecido a un círculo cuyo centro etc. Tumbar a palabras el fortín para olvidar las alturas, para mirarnos a los ojos y que todo cante lo que tenga que cantar. Recibir a los amigos y decirles suyo el espacio. Y si acaso la poesía es un lugar ¿no habría de ser grande, generoso?
Pararse en el kilómetro cero y plantar un arbolito. Invitar a los poetas a regarlo. Mirar en perspectiva el choque, porque de última son fierros y se arreglan. Fabricar con esos fierros una nave y pintarle un nombre con letras azules: “Conexión Sur”. Atravesar los barrios. Llevarles el rumor a los pibes que están jugando al futbol, mezclarlo en esa nube de polvo suspendido y sueños para animarse a crecer.
Celebrar el encuentro con abrazos y vino, despedirnos sabiendo que sembramos y ahora agua y luz. Que la poesía es generosidad o no es nada. ¿Y si hacemos una antología del encuentro?